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martes, 9 de abril de 2013
Nostalgia....
Patrick Hernández (Born to be alive)
Desde primerísima hora de la mañana los diferentes soniquetes que acompañan los avisos entrantes de los múltiples sistemas que nos "conectan" con el mundo. Whatsapp, Facebook, correo electrónico y el cada vez menos usado SMS me recuerdan amablemente que hoy cumplo años, 42 en concreto y, como me ha dicho mi hijo mayor en el desayuno ¿cómo tienes tantos años papi? Aprovecho para agradecer a todos los que se están acordando por cualquier medio que hoy es mi cumple. Tranquilos, ya os llegará.
Nunca he llevado mal eso de ir cumpliendo años, pero al fallecer ayer 2 iconos de ámbitos tan diferentes como fueron Margaret Thatcher y Sara Montiel, que estaban presentes en las pantallas durante buena parte de la infancia y la adolescencia de los de mi quinta, uno se va dando cuenta que aunque no se siente mayor, ya tiene muchos recuerdos. Y lo más grande, que esos recuerdos permanecen intactos, "como si fuera ayer" que repetían mi padre cuando me contaba historietas.
Y qué queréis que os diga, me da por recordar. Tomando como referencia el año de acceso al poder de "la dama de hierro", año 1979, en el que yo tenía 8 años uno evoca y le vienen a la mente cómo eran las cosas o cómo uno las recuerda. En la infancia, por supuesto, todo te parece mucho más largo. En estos días uno se iba a comer la mona al campo, tiraba petardos y yo los esperaba con una ilusión especial, porque eran, como se dice ahora, "una caña". En Ibi había 2 recreativos en el centro, las boleras y el "sport", y en los dos había máquinas de esas que metías un duro (cinco pesetas, mare que vell) y ponías la canción que querías. Bueno, la solían poner los mayores, de ahí la evocación musical a Patrick Hernández que con el tema que encabeza la entrada de hoy era de los que más sonaban y, qué caramba, que lo de nacer para estar vivo, que más o menos es la traducción de la canción, es todo un lema, y más ahora.
En Ibi había 2 cines a menos de 200 metros uno del otro, el cine Roxy y el cine Río y además, en los Salesianos, los domingos por la tarde el cine club Don Bosco programaba sesión doble. Era cita obligada. Con un carné con varios recuadros en el que llegabas y te ponían un cuño. Aquellos asientos de madera (y no nos dolía el trasero) en los que pasábamos la tarde entera y que hacían un ruido espantoso al plegarse para ver nada menos que 2 películas en sesión contínua: la vuelta al mundo en 80 días, todas las de Fantomas, alguna que otra de Romanos, y qué bien se pasaba. Mis aficiones cinéfilas se fueron incubando en aquella época. Con pocos años ya salías a pasear por la plaza de la Palla, del kiosko de Fernando al de Rafaelet. Eran tiempos en que otros organizaban y plafinicaban las cosas por ti, y tú te dejabas llevar. Domingo sí y domingo también con mis padres a ver el Rayo Ibense. En aquella época las televisiones eran en blanco y negro, con sólo 2 cadenas, no había videojuegos, la carretera a Alicante tenía 108 curvas y tardabas casi una hora (o sin casi) y se vivía, digamos de otra manera. Digamos que a lo "cuéntame"
También había varias discotecas, La Colombella, el Disclub y no sé si por esa fecha ya había abierto la New Garden. Poco después abriría la Black y unos cuantos años más tarde, comenzó el boom del casco antiguo con la docena larga de pubs y disco bares que formaron parte de nuestra adolescencia y juventud. No voy a entrar más a fondo en comparar lo de entonces y lo de ahora. Son diferentes, unas mejores y otras peores, sin duda. Cuando iconos como Margaret Thatcher o Sara Montiel que estaban permanentemente presentes en las pantallas y eran conocidos para los de mi generación, ya no pintan nada para los que tienen menos de veinte años, es sencillamente que ya comienzas a cargar mucha experiencia, aunque queda mucho por hacer. Perdón por la nostalgia.
jueves, 1 de noviembre de 2012
La generación del supositorio
El día 29 de octubre publicaba la edición digital del diario "El Mundo" un artículo con el siguiente título "¿Qué fue de los supositorios?". Podéis acceder al artículo íntegro pinchando AQUÍ. Ahora que a los que estamos inmersos en el inicio de la cuarentena, nos da con bastante frecuencia por la nostalgia, esto de los supositorios como medida terapéutica podríamos añadirlo a las teles en blanco y negro, la sintonía de Mazinger Z, los payasos de la tele o, si somos de Ibi, los paseos por la plaza de la palla, la sesión infantil del cine Río, el "kiosko de Fernando" o lo que para cada cual sea su imaginario de la nostalgia.
Sinceramente, más que el hecho de ser cuarentones, evocar tantos recuerdos de la infancia o la adolescencia procede de que fueron épocas bastante felices. Esto de los supositorios me hace gracia. Creo recordar que hasta en aquella época había una especie de negociación con el médico y con la mamá, que era la que solía acompañarnos al pediatra. O te ponías los supositorios o tocaba inyección. Por cierto, ¿qué ha sido de las inyecciones? Porque tengo dos hijos y, salvo las vacunas de rigor, pincharles, lo que se dice pincharles, no les han pinchado nunca. Ahora somos los papás los que tenemos que preparar el antibiótico y la jeringuilla es para introducirlo por vía oral, en lo que suele ser un tira y afloja de presión que puede acabar "estucando" la cocina o el dormitorio. Mucho más efectivas las inyecciones, dónde va a parar.
Si me permiten la broma, era un proceso de acojone del niño en cuestión, que tenía su ritual. Al menos, cuando yo era pequeño y el resfriado o las anginas eran importantes había poca discusión. Las visitas al "practicante", que en ocasiones solía ser alguna persona a la que sólo conocías por eso, eran harto habituales. Por seguir con el imaginario de la nostalgia ibense, personas como Laurita, Pepito el de la farmacia y, posteriormente Fabián, que aún sigue siendo el que mejor pincha de Ibi, con permiso del resto de disc-jockeys, es algo que todos los que tienen mi edad más o menos, hemos vivido como algo habitual. Cuando llegabas a tu practicante de referencia, cada cual el que tuviera, ya se olía el miedo. Ese olor que desprendía el cuartito en cuestión a alcohol. Aquellas bandejas plateadas (metálicas por lo menos), el algodón, la jeringuilla y esa sonrisilla malévola del practicante en cuestión. ¿eres valiente? ¿cómo que si soy valiente, pero si mi madre me lleva diciendo toda la mañana que es un pinchacito y que no va a doler? Al final, enseñabas un cuarto de nalga y, dependiendo de lo que te pinchasen, dolía más o menos. Ríete tú de Halloween.
Estoy por llevarlo al programa de Iker Jiménez, "Cuarto milenio". ¿Porqué ya a los niños no se les pincha como antes? ¿y lo de los supositorios? ¿Será esa la causa por la que nuestra generación esté algo así como anestesiada y prácticamente no proteste a pesar de haber tenido durante décadas el peor gobierno autonómico de España? Es por tomárnoslo con humor. Sinceramente, creo que tantos años de inyecciones y supositorios nos han dejado inmunizados ante casi todo. Pero aquí estamos. Y preparémonos para lo que viene, porque este país o lo levantamos entre la generación del supositorio, o no hay nada que hacer. Mejor tomárselo con humor.
miércoles, 25 de julio de 2012
20 años no es nada...(o sí)
El vídeo que encabeza la entrada de hoy corresponde a la ceremonia inaugural de los juegos olímpicos de Barcelona en el año 1992. En el momento en que el tirador con arco paralímpico, Darío Rebollo, lanzaba su flecha y encendía la antorcha dando comienzo a los primeros juegos olímpicos que organizaba España y que en aquél momento fueron calificados como los mejores de la historia. De hecho, los posteriores de Atlanta no los superaronfueron muy inferiores.
España era una joven democracia, era un destino preferente como país que había ingresado en la Unión Europea (entonces mercado común) hacía pocos años,los fondos europeos llovían a espuertas, y desde Barcelona, los juegos olímpicos nos daban una magnífica oportunidad para enseñar España al mundo como una ventana a la modernidad, demostrando que podíamos ser un país de "primera división", y capaces de superar con nota un reto como suponía organizar unos juegos olímpicos. Aquél año además se organizó también como muchos recordamos, la expo de Sevilla y, en definitiva, da la sensación que había una sensación de euforia colectiva, de sentimientos compartidos, de aunar voluntades por un proyecto común. Para Barcelona, sin duda, los juegos olímpicos supusieron una auténtica revolución social, urbanística y económica sin parangón, dando la vuelta a la ciudad como un calcetín en poco más de seis años, y posteriormente sabiendo rentabilizar unas instalaciones y unas infraestructuras que convirtieron a Barcelona en uno de los principales destinos turísticos de Europa y del mundo.
Nuestro país vendió al mundo capacidad de organización, diseño, modernidad y todo con ese aire de alegría que podemos aportar los mediterráneos con respecto al resto de países de Europa. Luego, después de las olimpiadas y la expo vino una crisis económica, que duró un par de años escasos y que, ni de lejos, se parecía a la que vivimos actualmente. Viendo aquellos momentos desde la perspectiva de hace veinte años y comparándolos con la situación que vivimos ahora, más que nostalgia, me gustaría extraer algo positivo de todo aquello, porque falta nos hace.
Me gustaría pensar que si en otros momentos hemos sido capaces de lo mejor a todos los niveles, ahora más que nunca sea necesario demostrarnos a nosotros mismos como país que con esfuerzo, organización y con trabajo, mucho trabajo, todo es posible. Y cuando menos a los que teníamos veinte años entonces y recordamos ese día nítidamente, nos dé para un momento de nostalgia. Qué rápido han pasado veinte años y cuántas cosas nos han pasado.
lunes, 22 de febrero de 2010
Mucho que mejorar

La fotografía que ilustra esta entrada, no es de Ibi. Tampoco pretendo hacer hoy crítica del equipo de gobierno, ni hablar de cómo gestionan la limpieza. Habrá tiempo de hablar en los próximos días de las contratas de limpieza viaria y de recogida de residuos sólidos urbanos, que al parecer en breve saldrán a concurso en nuestra localidad.
El pasado sábado por la mañana me dispuse a inaugurar de forma particular el nuevo juego infantil colocado en la Glorieta Pío XII, en el barrio de la Dulzura, del mejor modo que creo puede hacerse, jugando con mis hijos, que disfrutaron de lo lindo. El juego está recién estrenado, limpio, sin suciedad, sin grafittis, sin roturas, sin desperfectos. En las pocas horas de sol de que pudimos disfrutar el sábado por la mañana, jugaron y luego hicieron el recorrido biosaludable al completo.
En ese mismo parque, y bajo la sombra de esos mismos árboles, pasé los mejores días de mi infancia. A la salida del colegio salesiano, muchos días me quedaba a comer en casa de mi abuela Lola, que vive justo en frente de dicha glorieta. Ahí jugué a las canicas, aprendí a montar en bicicleta. Me compraba golosinas "flash" en el kiosko de Amparo y cromos en el estanco de Maera. Los domingos, cuando terminaba la sesión doble del cine club "Don Bosco", bajaba con mi hermana a casa de mi abuela, donde nos recogían mis padres. Ahí, luego ya más mayor, me afanaba en comer pronto para volver al patio de los Salesianos, a practicar sin parar jugando al baloncesto. Por eso esa glorieta, ese barrio y ese colegio son especiales para mí, porque almacenan los recuerdos de la infancia, donde nos hacemos lo que luego seremos. Y mi infancia fue por eso y por otras muchas cosas, muy feliz.
Pero el sábado, en esa glorieta recién inaugurada con cargo a los fondos del Plan "E", provenientes del gobierno central, y que aún está muy limpia, había una lata de refresco en el suelo, rodeada de cuatro impolutas, limpias y vacías papeleras. No llevaba la cámara en ese momento, pero era una auténtica representación simbólica de la estulticia. No entiendo qué pasa por la cabeza de esa minoría de personas que pasan de todo, tiran la mierda al suelo, vacían seguramente sus ceniceros en el asfalto, bajan la ventanilla para tirar un kleenex o un chicle, rompen farolas, o esparcen los restos de sus inmundicias cuando salen al campo. Seguramente no son marcianos, son gente común, como usted y cómo yo. Seguramente luego en la barra del bar se quejan de lo cabrones que son los gobernantes, o de lo bien que viven los políticos y de los muchos impuestos que pagan.
Seguramente, si esos energúmenos se plantearan, si quiera un segundo, que con gestos tan sencillos como echar esa lata a la papelera, que imitarían sus hijos, nos ahorraríamos al año cientos de miles de euros en limpieza de calles, que estarían disponibles para tener mejor transporte público, mejores guarderías, mejores instalaciones deportivas, o sencillamente para pagar menos impuestos. Y no, evidentemente que no de todo lo que pasa, tiene la culpa el gobierno. Qué le vamos a hacer, hoy necesitaba desahogarme.
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