
El día del descanso es especial. Para muchos sabe a nostalgia de fiestas recién pasadas. Para otros, es un día para aprender anatomía y descubrir músculos y huesos nuevos. Básicamente porque no hay casi ninguna parte del cuerpo que no te duela. A pesar del sueño acumulado durante todas las fiestas, de la resaca, del cansancio, me cuesta levantarme excesivamente tarde y, este año además, había mucho que recoger. Cuando salgo a la calle el día del descanso todos los años es lo mismo. Olor a pólvora en las calles que permanece varios días hasta que las lluvias septembrinas limpian. El chirrido de las ruedas de los escasos coches que pasan por el centro, porque la cera de los cirios de la procesión aún permanece también varios días. Pero además este año le queda a uno la sensación de haber disfrutado la fiesta más que nunca.
Uno ya había vivido de cerca la experiencia de tener abanderada y capitán en la familia. Pero cuando lo tienes en tu propia casa, las sensaciones se multiplican por mil. El otro día escribía en este blog una entrada agradeciendo a todo el mundo que nos ha ayudado de un modo u otro. Hoy quiero reiterar todo lo dicho y multiplicarlo también por mil. Una abanderada o una capitanía solamente tiene sentido si es el proyecto colectivo de vivir y disfrutar todo un año de sensaciones, de afectos renovados, de unir a los amigos, de sentir más cercana aún si cabe a tu familia, de intensificar esa relación especial que tienes por tu comparsa a la que perteneces desde tu nacimiento. Y sobre todo, de vivir la fiesta haciendo fiesta.
Pero hasta eso es contradictorio, porque cuando participas en la entrada, no puedes verla. Ahora, tendré que ver a mi mujer en la tele, en las fotografías, en el vídeo, pero no engaño si os digo que me habría gustado estar sentado en la tribuna y verla bajar. Pero la he visto a través de los ojos de todas y cada una de las personas que me han explicado lo que veían. Cada una te da un punto de vista y gracias a todas ellas he podido verla un poquito. Como he podido ver, sentir y comprender las caras de emoción de los capitanes y las abanderadas con los que hemos compartido cargo y año de convivencia. Cuando nos miramos, hay complicidad porque estamos viviendo y sintiendo lo mismo.
El último día, el de la procesión, cuando llegas a la plaza de la iglesia y contemplas la imagen de la Virgen volviendo a su casa es para mí uno de los momentos grandiosos y especiales de las fiestas. Más allá de la fe que uno tiene y que cada uno vive de un modo especial e íntimo, escucho el bellísimo texto que desde hace varios años se lee al llegar nuestra patrona y tengo la sensación de gratitud, de recuerdos por los que ya no están, de pedir por el curso que comienza, de agradecer la salud de mis hijos y de mi gente, de serenidad después de tantas emociones vividas. Gracias por el año y las fiestas vividas. Otro día hablaremos del sabor agridulce que nos queda tras la cantidad de comparsas que no han podido tener abanderada. Pero que no os quepa duda. La fiesta también sobrevivirá a estas circunstancias y sabrá renovarse y continuar adelante para mejorar.
