
Me cuentan vecinos de la Avenida Juan Carlos I, que delante de un supermercado ubicado en los bajos del edificio donde viven, cada día sucede la misma historia. Llega la noche. El supermercado deja en los contenedores situados en la puerta la comida sobrante. Un grupo de personas llega, vuelca el contenedor, hace una selección de lo que está en buen estado para ser consumido, se lo reparten, luego vuelven a recoger el resto de lo que han volcado cuidadosamente y lo meten otra vez en el contenedor. Lo dejan todo recogido y se marchan.
Así cada noche desde hace varios meses. Al parecer hubo una temporada en que los contenedores se cerraban con candados, pero la desesperación de estas personas provocaba que los rompieran y causaran algún desperfecto. Se llegó a un acuerdo con el supermercado y ya no hay candados ni cierres de seguridad. Esto sucede cada día en mi pueblo. Una pequeña ciudad industrial del interior de la provincia de Alicante. Donde el drama del desempleo está golpeando a muchas familias. Donde cada día trabajadores y empresarios hacen números para seguir adelante, hacer frente a las deudas y poder seguir viviendo. Imagino que esta situación afecta con mucha más dureza y gravedad a inmigrantes que carecen del soporte social básico (apoyo de familiares) con que sí contamos generalmente el resto. Donde muchos nos quejamos porque las cosas no van como iban hace varios años. Pero donde a pesar de todo, hay una red de servicios sociales y asistenciales que intentan llegar (aunque no siempre lo consiguen) a cubrir las necesidades básicas. Mi madre me decía de pequeño, cuando protestaba porque no me compraban esto o aquello, que mirara la gente que teníamos detrás, que tenían menos posibilidades y que no me quejase. Que éramos (y somos) afortunados por tener un trabajo, una vivienda digna, un sustento para vivir y para permitirnos de cuando en cuando algún capricho.
Hoy, la anterior escena choca con el soniquete de la lotería de Navidad que nos acompañará toda la mañana y en el que la mayoría han puesto un gramo de esperanza en que la diosa fortuna les deje caer un pellizco, no puedo dejar de pensar en esas personas que cada noche acuden a los contenedores, aquí, en mi pueblo, para buscar comida. Escena que sin duda se repite por miles en pueblos y ciudades de España donde gente menos afortunada se busca la vida. Y busco el sentido de la Navidad. El verdadero sentido. Y me miro y miro a mi alrededor. Y pienso cuán afortunado soy y cuánto me queda por hacer por los demás. Y espero que podamos mejorar este mundo y que cada noche sean menos personas las que tengan que buscarse la vida de ese modo porque el mundo sea algo menos injusto. Y espero que hagamos que la Navidad tenga sentido ahora y todo el año. Sucede cada noche...